Bajo el sepia de papaya de la vuelta de la cuadra, el diario
que novela. Sepia del apunte. De una a-puntuación que como sombra se
confunde con ella. Cuando sus marcas como mercurio desmantelan
cuantas comillas involuntarias mimeticen su zaga de ‘etiquetas’. Donde las luminarias descuidan las afueras pero captan sus fueras
de campo. Philippe Sollers ubica allí la razón poética en tanto
Paradiso e infierno como experiencia del límite que la pulsión trae, acarrea; describiendo el infierno como ese presente histórico de
falta de acceso a la poesía. '[A]cto poético' que Pablo Zöpke
apunta en su 'clínica del cuadro' despegado de la literatura: cuando
‘[l]a poesía nunca es literatura.’. Enunciación del poeta en el
‘extremo más agudo del luto’, allí donde se apunta al
‘encuentro (die Benegegnun), en su misterio o su secreto (Geheim)
[…] [E]n su relación sin relación hacia el tú (Du)’ del que
Paul Celan está ‘a la sombra’ y sus poemas son él mismo (como
se lo dice a Adorno).’
Sepia de ese
presente que se a-punta por las ‘perversiones del objeto’ que de
más en más hacen llevadera la siesta. En los tiempos del ver que la
a-palabra por su demanda y por el objeto cristalizan. Paradójico
cielo abierto del a-galma. Disyunción inclusiva que alguna
literatura comparada como el modo del discurso histérico alojan y
obtienen como lugar o topología. Se dice fácil: advertidos. Pablo
Zöpke lo circunscribe como trazo de escalpelo: ‘[s]in la noción de objeto
parcial no vamos a ninguna parte.’