Pluma que avizora el viento
en la roca del impacto. Con la curva
en la órbita que los pescadores
desbrozan.
Perla del enigma. Tunal de las olas.
Gabriel Roel
Pluma que avizora el viento
en la roca del impacto. Con la curva
en la órbita que los pescadores
desbrozan.
Perla del enigma. Tunal de las olas.
No escuchó decirse ¿Y?
siquiera por pensado. Se dijo
río, te pasas, vamos lentos.
No se dijo no sé. Con silencio
de anzuelo sin carnada.
Sobre aquello tendal de suficiencia
del letargo de aquello
que fallando, falta.
Eso Das
Que faltó. Y que faltará.
Letra por san Juan de Aragón a
nueve grados prosa con lo tibio
que despeina hundido los gallos
del acervo. Ser del surf en canto
que despierta. Calcáreo a cerro
bucle del oído. Línea que la sed
madeja con el ánima única en los
inicios tendidos de
la estrella.
De luciérnagas eléctricas los frentes, los
altos, las ventanas y portales. Con las puertas
menos estelares se abre el ramaje.
Almendra del gajo. Apio de las frutas del día.
No hay furia de la traza correcta; ni libro sin
sosiego. Toda perfección es obscena. Recuerdo
de unos versos del inmejorable punch de un
poema contundente. De Marcela Armengod. Del
tiempo en que los buenos poemas venían en la
portada rectangular de un pequeño sobre
de azúcar.
Vaya pleonasmo. Vaya siglo pasado.
Vaya corta piel de las trincheras que no reclaman
signo porque lo que nos asedia como recuerdo
aflora sin más. En la borra sin desierto
del afectio.
Único de pocas, horizonte, que al confín hace hábitat.
¿Será en arado que los husos abonan la historia con
mayúsculas? ¿Siegas en lo que las calza desengancha
balconadas? ¿Bordes por su hoz cicatriz emplazada?
¿Desmalezadas en sus asas? ¿Calacas por su casa?