Apero. Camellón. Servidumbres
intactas. Hollado que Ray Bradbury
dejó en su adoración dinosáurica. O
en ese: dejado de la mano de Dios
que Juan Carlos Onetti tendió sin
prejuicios con mayúscula.
Gabriel Roel
Apero. Camellón. Servidumbres
intactas. Hollado que Ray Bradbury
dejó en su adoración dinosáurica. O
en ese: dejado de la mano de Dios
que Juan Carlos Onetti tendió sin
prejuicios con mayúscula.
En esa tinta de la babosa[1], destila lo que se abre contingente a perforar lo imaginario como real de-constituido. Donde una visualidad hecha relieve de contigüidad opera como imaginación. "Tereza" (Denise Weinberg) relanza aquello que Rosa Chacel elabora de las emboscadas con «un reposo y una tranquilidad provechosísima, porque toda la energía que se puede perder rugiendo por la selva se puede emplear en otra cosa.»[2]. Lo distópico sí -clausurado todo atisbo cognoscente- hecho con las hebras que el cuerpo hablante obtuvo del mestizaje y el equivoco[3].
Vaciar concreto con lo rasqueteado de yeso
sin entonces. Entrada con alambres que lo
insondable tuerce de los dizque. Irrisión de
lo que no germina de flotación en verso.
Línea troquelada del propósito en el trazo.
Por el talón
residuo de lo
que se come,
se para de manos
la lectura -una
ansiedad como
de año nuevo-
escribe.
Oído el ruido
de las ruinas
de los tronos
por su torre.
La única
gloria, el
laudo único,
es la guitarra
que Charly
García
destartala
de un saque
sobre las
tablas del
escenario
tras la
mejor
amada
versión
del
himno.
Con un Fuck
you final sublime
del concierto.
El destello sin pronto
del domingo sin apronte
hace un punto. Poema
con caballo. Rompe
vientos.