El indicio grafito
que la maleza orilla
en lo disperso.
Gabriel Roel
Valle de la templada ciudad de pueblos
dentro en un Gordini de tormenta de domingo
al regreso. Chocando un charco contra sus faros
en plena carretera de provincia. Imaginé a los
gritos, fantasma desesperando de fuego.
Encuerada intemperie de los cruceros
con los puentes que el verano abre
con lluvias.
Cada uno de los inviernos más extremos
de lo inverosímil. Hebras, candil de la templada
ciudad que abisma de por libros.
Volcánicos agujeros a vientos de relieves.
Aprendí a escribir carretera allí donde había
cobertores, subrayados de rutas. Caminos
casi siempre cobardías de canteras
sobre fugas de ripio.
Había que calmar candores de sopor con
saliva de grises por escrito. Desde un haber
sin culpa que abre casi todas las deshoras.
Que las abre con ese alambre manivela de
lata envasada de películas, de supervivencia
sobrestimada. Allí donde la discreción es un
baldazo de arena para incendios.
Abstenerse de paréntesis.
Secuenciarse registros para
hacer que cada notación deje
su envoltura. Táctil sombra
de cursor ni modo por escrito.
Raigambre nata sin hache, mañana del júpiter que Laura
dijo jueves en los tobillos del verano. Y subrayó: será! Con
el lino viento ileso de una contra flor al resto en flor a cuyo
inane muesca. Lo que deviene soplo del poema.
Hierba de ese tal César queda su rostro que nos
besa mientras hilos el sol nos marioneta.
Risa.
Hacia Tenayuca
el español de México
en minúsculas con el español
del río de la plata. Y un par de
tientos de brujas sin prosa,
caídas sin aviso del ramaje
de ida por escobas.